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EN MEMORIA DEL P. JUAN ANTONIO CARAMAZANA

Fr. Santiago Alcalde, OSA

Fr. Juan Antonio Camarazana

Permítanme que me salga de comentar las lecturas de la Palabra de Dios de este día, para hablar del P. Juan Antonio Caramazana. No para honrarle; sino, como dice San Agustín, para agradecer a Dios los dones que puso en él y de los cuales nos beneficiamos a lo largo de su vida.
No es fácil hablar y menos resumir toda una vida de 86 años en unos pocos instantes; pero intentaré dar unas pinceladas sobre la vida del P. Juan Antonio.
Nació en Villamayor de Campos, provincia de Zamora, España; el día 25 de agosto de 1935. Penúltimo hijo de una familia numerosa y muy cristiana. Hizo sus estudios primarios en la escuela de su pueblo. Posteriormente ingresó en el seminario menor agustiniano del monasterio de Santa María de la Vid donde, terminados sus estudios secundarios, realizó el noviciado, profesando como agustino en el año 1951.
Los años siguientes, fueron años de preparación para el ministerio sacerdotal estudiando filosofía y teología. En el año 1954 hizo su profesión solemne y tres años después, el 15 de junio de 1957, fue ordenado presbítero.
Ese mismo año vino de España a la Argentina y fue destinado a la comunidad de San Agustín de Mendoza, desempeñando la tarea de vicario parroquial.
En el año 1959 va a Buenos Aires, a la comunidad de San Agustín. Aquí, a la vez que colabora en el colegio y la parroquia, realiza sus estudios, obteniendo la licenciatura en filosofía y letras y posteriormente el profesorado en matemáticas, física y química. En el colegio san Agustín, además de impartir clases de religión, es profesor de matemáticas. Trabajará también algunos años en el colegio Santa Rita de Montevideo y en otras comunidades de la Viceprovincia Argentina.
En el año 1980, decide ayudar a los hermanos agustinos de Ecuador y parte para este país estando en diversas comunidades hasta el año 1986, en que va para España. Aquí estará cuatro años en la ciudad de Talavera de la Reina (Toledo) como capellán de las monjas agustinas y en el colegio San Agustín de Santander.
De nuevo, en el año 1989, regresa a la Argentina y trabajará pastoralmente en Salta, y en la Prelatura de Cafayate, en diversos lugares, hasta el año 2009. Sus últimos años los pasó en Salta, a excepción de un año, 2010, que reside en Rosario de Santa Fe, atendiendo la parroquia Ntra. Sra. Del Pilar. En la vicaría de San Antonio, especialmente, desarrollará su actividad pastoral hasta el pasado mes de agosto en el que se le diagnosticó cáncer de próstata y empezó su tratamiento.
Falleció el pasado 9 de marzo de 2018 y sus restos mortales descansan en el cementerio de la Divina Misericordia, esperando la resurrección del último día.
Esto es, a grandes rasgos, la biografía del P. Juan Antonio. ¿Cómo era el P. Juan Antonio? ¿Qué carácter tenía? ¿Qué persona era?
Quizá aquí, una gran parte de los presentes, tengamos nuestra propia idea sobre él. Mons. Mario Cargnello, en la misa de funeral, lo definió como “una persona tranquila, trabajadora, cercana a las personas. Un hombre bueno que pasó haciendo el bien”. Y sí, así fue el P. Juan Antonio; pero también fue una persona inquieta en el sentido de que nunca se conformaba con lo que hacía y tenía. Siempre busca algo más y algo mejor, de ahí que en su vida podemos apreciar los números cambios de comunidad, lugar, y nación.
Era también una persona muy estudiosa en su campo pastoral. Leía mucho y trataba de estar informado de todo lo nuevo que surgía. Últimamente internet era su fuente de información principal, aunque sin abandonar nunca la lectura. Preparaba mucho las homilías, pero le costaba luego el transmitirlas. Sentía una especie de complejo de no saber decir bien lo que sentía.
Aunque a veces no lo parecía, tenía un carácter tenaz y porfiado. Cuando se proponía algo no paraba hasta conseguirlo, poniendo todos los medios a su alcance para lograrlo.
La cercanía a las personas y sus problemas, le llevó a ayudar a los que se lo pedían. Así: Visitaba a los ancianos y enfermos llevándoles el consuelo del sacramento de la unción y la comunión. Ayudaba, dentro de lo que él podía, a los necesitados de bienes materiales. Confesaba y dirigía espiritualmente a muchos laicos, religiosas y sacerdotes… Y seguro que, en este punto, muchos de ustedes, pueden aportar su propia experiencia.
Desde ahora en más, muchos echarán de menos sus saludos tremendamente afectuosos que dejaban las mejillas coloradas…chun chun; y los niños, el caramelo que seguía a su saludo.
Concluyo esta reflexión, demasiado breve, para compilar toda una vida larga en edad, sabiduría y gracia, con unas palabras del P. Hipólito Martínez, con quien convivió el P. Juan muchos años. Antes de su muerte me escribía diciendo: “Si nuestro hermano está maduro, que le Padre lo recoja y Juan vaya a recibir el premio de su fe y de su amor”. Y sin duda, el P. Juan Antonio, estaba maduro y por eso Dios recogió, con sus manos amorosas, su vida como fruta madura y agradable a él.
Descanse en paz.
13 de marzo de 2018