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Pastoral Vocacional

Promo Retiro Vocacional Marzo 2017

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 55 JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Escuchar, discernir, vivir la llamada del Señor
Queridos hermanos y hermanas:
El próximo mes de octubre se celebrará la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos, que estará dedicada a los jóvenes, en particular a la relación entre los jóvenes, la fe y la
vocación. En dicha ocasión tendremos la oportunidad de profundizar sobre cómo la llamada a la
alegría que Dios nos dirige es el centro de nuestra vida y cómo esto es el «proyecto de Dios para
los hombres y mujeres de todo tiempo» (Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria,
Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, introducción).
Esta es la buena noticia, que la 55ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos anuncia
nuevamente con fuerza: no vivimos inmersos en la casualidad, ni somos arrastrados por una serie
de acontecimientos desordenados, sino que nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son
fruto de una vocación divina.
También en estos tiempos inquietos en que vivimos, el misterio de la Encarnación nos recuerda
que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros, que pasa por los caminos a
veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad,
nos llama a la alegría. En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se
necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que
nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el
mundo y nos orienta a la plena felicidad.
Estos tres aspectos —escucha, discernimiento y vida— encuadran también el comienzo de la
misión de Jesús, quien, después de los días de oración y de lucha en el desierto, va a su
sinagoga de Nazaret, y allí se pone a la escucha de la Palabra, discierne el contenido de la misión
que el Padre le ha confiado y anuncia que ha venido a realizarla «hoy» (cf. Lc 4,16-21).
Escuchar
La llamada del Señor —cabe decir— no es tan evidente como todo aquello que podemos oír, ver
o tocar en nuestra experiencia cotidiana. Dios viene de modo silencioso y discreto, sin imponerse
a nuestra libertad. Así puede ocurrir que su voz quede silenciada por las numerosas
preocupaciones y tensiones que llenan nuestra mente y nuestro corazón.
Es necesario entonces prepararse para escuchar con profundidad su Palabra y la vida, prestar
atención a los detalles de nuestra vida diaria, aprender a leer los acontecimientos con los ojos de
la fe, y mantenerse abiertos a las sorpresas del Espíritu.
Si permanecemos encerrados en nosotros mismos, en nuestras costumbres y en la apatía de
quien desperdicia su vida en el círculo restringido del propio yo, no podremos descubrir la llamada
especial y personal que Dios ha pensado para nosotros, perderemos la oportunidad de soñar a lo
grande y de convertirnos en protagonistas de la historia única y original que Dios quiere escribir
con nosotros.
También Jesús fue llamado y enviado; para ello tuvo que, en silencio, escuchar y leer la Palabra
en la sinagoga y así, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, pudo descubrir plenamente su
significado, referido a su propia persona y a la historia del pueblo de Israel.
Esta actitud es hoy cada vez más difícil, inmersos como estamos en una sociedad ruidosa, en el
delirio de la abundancia de estímulos y de información que llenan nuestras jornadas. Al ruido
exterior, que a veces domina nuestras ciudades y nuestros barrios, corresponde a menudo una
dispersión y confusión interior, que no nos permite detenernos, saborear el gusto de la
contemplación, reflexionar con serenidad sobre los acontecimientos de nuestra vida y llevar a
cabo un fecundo discernimiento, confiados en el diligente designio de Dios para nosotros.
Como sabemos, el Reino de Dios llega sin hacer ruido y sin llamar la atención (cf. Lc 17,21), y
sólo podemos percibir sus signos cuando, al igual que el profeta Elías, sabemos entrar en las
profundidades de nuestro espíritu, dejando que se abra al imperceptible soplo de la brisa divina
(cf. 1 R 19,11-13).
Discernir
Jesús, leyendo en la sinagoga de Nazaret el pasaje del profeta Isaías, discierne el contenido de la
misión para la que fue enviado y lo anuncia a los que esperaban al Mesías: «El Espíritu del Señor
está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a
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los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el
año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).
Del mismo modo, cada uno de nosotros puede descubrir su propia vocación sólo mediante el
discernimiento espiritual, un «proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el
Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales, empezando por la del
estado de vida» (Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Los jóvenes, la fe y el
discernimiento vocacional, II, 2).
Descubrimos, en particular, que la vocación cristiana siempre tiene una dimensión profética.
Como nos enseña la Escritura, los profetas son enviados al pueblo en situaciones de gran
precariedad material y de crisis espiritual y moral, para dirigir palabras de conversión, de
esperanza y de consuelo en nombre de Dios. Como un viento que levanta el polvo, el profeta
sacude la falsa tranquilidad de la conciencia que ha olvidado la Palabra del Señor, discierne los
acontecimientos a la luz de la promesa de Dios y ayuda al pueblo a distinguir las señales de la
aurora en las tinieblas de la historia.
También hoy tenemos mucha necesidad del discernimiento y de la profecía; de superar las
tentaciones de la ideología y del fatalismo y descubrir, en la relación con el Señor, los lugares, los
instrumentos y las situaciones a través de las cuales él nos llama. Todo cristiano debería
desarrollar la capacidad de «leer desde dentro» la vida e intuir hacia dónde y qué es lo que el
Señor le pide para ser continuador de su misión.
Vivir
Por último, Jesús anuncia la novedad del momento presente, que entusiasmará a muchos y
endurecerá a otros: el tiempo se ha cumplido y el Mesías anunciado por Isaías es él, ungido para
liberar a los prisioneros, devolver la vista a los ciegos y proclamar el amor misericordioso de Dios
a toda criatura. Precisamente «hoy —afirma Jesús— se ha cumplido esta Escritura que acabáis
de oír» (Lc 4,20).
La alegría del Evangelio, que nos abre al encuentro con Dios y con los hermanos, no puede
esperar nuestras lentitudes y desidias; no llega a nosotros si permanecemos asomados a la
ventana, con la excusa de esperar siempre un tiempo más adecuado; tampoco se realiza en
nosotros si no asumimos hoy mismo el riesgo de hacer una elección. ¡La vocación es hoy! ¡La
misión cristiana es para el presente! Y cada uno de nosotros está llamado —a la vida laical, en el
matrimonio; a la sacerdotal, en el ministerio ordenado, o a la de especial consagración— a
convertirse en testigo del Señor, aquí y ahora.
Este «hoy» proclamado por Jesús nos da la seguridad de que Dios, en efecto, sigue «bajando»
para salvar a esta humanidad nuestra y hacernos partícipes de su misión. El Señor nos sigue
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llamando a vivir con él y a seguirlo en una relación de especial cercanía, directamente a su
servicio. Y si nos hace entender que nos llama a consagrarnos totalmente a su Reino, no
debemos tener miedo. Es hermoso —y es una gracia inmensa— estar consagrados a Dios y al
servicio de los hermanos, totalmente y para siempre.
El Señor sigue llamando hoy para que le sigan. No podemos esperar a ser perfectos para
responder con nuestro generoso «aquí estoy», ni asustarnos de nuestros límites y de nuestros
pecados, sino escuchar su voz con corazón abierto, discernir nuestra misión personal en la Iglesia
y en el mundo, y vivirla en el hoy que Dios nos da.
María Santísima, la joven muchacha de periferia que escuchó, acogió y vivió la Palabra de Dios
hecha carne, nos proteja y nos acompañe siempre en nuestro camino.
Vaticano, 3 de diciembre de 2017.
Primer Domingo de Adviento.
Francisco

Francisco

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